14 abr. 2009

Continuará...

Esto es el final de una trilogía. Esperemos que esta trilogía sólo sea el principio de otra más fascinante. Aupa chavales!!!


"Alpinismo es el arte de recorrer montañas afrontando los mayores peligros con la mayor de las prudencias. Lo que aquí llamamos arte es la aplicación de un saber a una acción"




Repasábamos mentalmente la cita anterior de R. Dumal, mientras nos preparábamos para ir hacia la pared oeste del Petit Dru, dicha reflexión nos expresa de manera certera la verdadera premisa ante los gajes del oficio de Alpinista; la prudencia. Muchas veces no tenemos tiempo de enmendar los errores ya cometidos, sino solamente la oportunidad de esquivarlos.

Con tiempo estable aunque con previsiones de isoterma de -10 y mucho viento, por debajo de la misma pared, comenzamos a escalar una primera sección de diedros intactos y otras zonas inestables, la frontera entre la antigua y la actual pared. Mientras estábamos allí, rodeados de un templo granítico, en el que podíamos observar una diversidad de colores, fisuras y bloques caóticos, nos percatamos del equilibrio en el cual estábamos envueltos. Un silbar constante de diferentes tonos nos recuerda, que aquel lugar atestigua la impresionante fuerza del Cambio Climático. Rocas de diferentes tamaños caían curiosa y constantemente siempre a nuestra derecha, impactando en la nieve o a nuestra izquierda volando algo distanciadas de la pared. Con el silencio de la noche, el silbar penetraba en nuestros oídos generando un sueño intranquilo, las rocas impactaban en las repisas superiores, la gravedad y el viento arrastraban pequeñas chinas que impactaban en el doble techo de la hamaca y de vez en cuando, en las barras laterales de la hamaca, desvelando nuestro sueño.



Después de la cena, comentamos:

  • Oye, ¿tu crees que si cae alguna roca mas grande el doble techo, hará algo? Se le ve fuerte.
  • No se... algo hará, de momento tenemos suerte, las rocas pequeñas rebotan sin hacer agujeros. Tenemos un buen Karma, esperemos que no acompañe y no se duerma.

Tras escalar otros dos largos más, en libre y artificial sobre granito bueno a tramos, fijamos los 200 metros de cuerda estática de 9mm, para subir días mas tarde en la tentativa definitiva. Allí dejamos todo nuestro arsenal de material, dos mazas (una voló 100 metros y la tenemos fichada en la nieve), 3 juegos de friend, 10 plomos, tres juegos de empotradores, copperheads, 10 bird-breaks, rups varias, uñas, 60 clavos, 15 spits, hamaca, sacos, fundas de vivac, esterillas, hornillo, gas y comida para siete días más y agua...¡ay con el agua!. Intentamos una manera peculiar para conservar dicho elemento en estado líquido: vino blanco diluido al 20% con agua como anticongelante potable. Recomendamos su uso auxiliar como sustituto del anticongelante para el coche, pero no para su uso potable, ya que altera la percepción sensorial de la sed, sabe a rayos y pasas más sed al no querer beber.







Decidimos bajarnos, puesto que la previsión de temperaturas y fuertes vientos superaba con creces lo que un oso polar pudiera aguantar asegurando a su compañero, sin poder moverse. También tuvimos la perfecta excusa de la visita exprés de nuestro buen amigo Vitorio para celebrar sus 30 años.




Unos días de descanso y celebración merecidos.

El recurso de tiempo se nos agotaba y dado que la meteorología no iba a acompañar durante algún tiempo, a raíz de un compromiso laboral decidimos no continuar con la escalada y desmontar todo el tinglado. Las condiciones ya primaverales en la pared, con temperaturas diurnas elevadas (sólo al sol) y noches bajo cero, hacen de la escalada una ruleta rusa en la cual queda mucho por apostar, el mayor de los peligros con la mayor de las prudencias. Empezamos a sentir esa acción artística en este escenario hóstil, y se nos antojaba tan cerca, pero llegó su punto y final.

Nuestra aventura dió un giro de 180º, la ascensión pone su punto final. Bajaremos todo el material de la pared, ya que dejar algo allí colgado expuesto a las caídas de piedras, no merece la pena. En días posteriores intentamos subir, pero los remontes de Grand Montets están cerrados a causa del intenso viento en altura: rachas de mas de 150 km/h. En varias jornadas de mal tiempo, rapelamos los 200 metros de roca abiertos, con los petates y la hamaca. Descendemos el Gran Corredor de 200 metros con ellos, los arrastramos por las faldas de las Flames de Pierre hasta bajarlos, descolgándolos 400 metros hasta el glaciar de la Mer de Glace y conseguimos llevarlos intactos hasta el Tren de Montenvers.

Allá abandonamos la ilusión y el sueño de escalar tan bella montaña de granito, quizá sea una lección mas de la vida o una simple casualidad la que nos impidió ascender. Lo que merece la pena no es triunfar siempre, sino disfrutar de cada momento haciendo lo que mas nos gusta: escalar grandes paredes, ver y sentir el aura que las rodea y retomar la ilusión que nos infunde escalar aquellas montañas, hasta conseguirlo. ¡Para el año que viene más y mejor! Continuará...

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